El descalabro palestino
Por Alberto Mazor (Desde Israel)
Violencia interna, crisis política y económica, hambre y guerra, son las condiciones que afronta la población palestina desde aquel 11 de noviembre de 2004, cuando un portavoz del hospital militar de Percy anunció el fallecimiento de Yasser Arafat ante cientos de micrófonos y cámaras. Desde su muerte, los palestinos viven momentos cruciales tanto a nivel interno como en sus relaciones con Israel. Y es que la supremacía política del movimiento islámico Hamas no sólo ha agravado el conflicto con el Estado judío, sino que la rivalidad con el movimiento Al Fatah, el partido de Arafat, desembocó en una ola de violencia interna que el dirigente había conseguido siempre eludir gracias a su posición de líder indiscutible de los palestinos. Ningún islamista hubiera osado retar al presidente, que conseguía reunir inmediatamente a su alrededor a miles y miles de simpatizantes.
A dos años de su desaparición, Yasser Arafat fue, es y seguirá siendo para los palestinos, el símbolo de una legítima lucha por la independencia, más allá de críticas de las que ha sido objeto en los últimos años, mucho más abiertas por cierto que en el pasado. Para la mayoría de los israelíes, también ha sido siempre un símbolo, pero de nada positivo, sino de las razones por las cuales no se ha alcanzado aún una solución del conflicto.
El año pasado, en el primer aniversario del fallecimiento del líder de la Autoridad Nacional Palestina, no hubo multitudes en la Muqata honrando su memoria. Sì hubieron algunos actos oficiales, marchas, coronas en el mausoleo, pero con una participación popular relativamente baja. En cambio este año, en el segundo aniversario, decenas de miles de palestinos llegaron a las oficinas que sirven hoy al Presidente Mahmud Abbás y que antes fueran la sede de trabajo de Arafat.
Es difícil asegurar categóricamente que la mayor asistencia este año esté relacionada con la crisis general que se vive del lado palestino. Pero la sensación es que sí, que en medio de las numerosas dificultades con las que se lidia hoy en Cisjordania - y mucho más aún en la Franja de Gaza -, el recuerdo de la figura de Arafat es necesario para el pueblo.
Resulta inevitable mencionar a Arafat como unificador de un pueblo, en momentos en que parecen continuar indefinidamente los contactos entre Abu Mazen y Hamás para formar un gobierno de unidad nacional. Hasta ahora, lo que frenó la concreción de un acuerdo al respecto fue la negativa de Hamás a reconocer a Israel y renunciar a la violencia. Pero luego de los recientes y trágicos eventos ocurridos en Bet Hanún (Franja de Gaza), en el terreno se habla sólo de venganza y no de un posible diálogo con Israel.
Por eso, cabe preguntarse a qué se refería el Presidente Abbás al declarar que nunca se alejará ni una pulgada de la senda y los principios de Yasser Arafat. ¿Al Arafat que dijo renunciar a la violencia y se sentó a negociar con Itzjak Rabín, o al Arafat que rechazó las propuestas del premier Ehud Barak en Campo David y perdió así una gran oportunidad? Carencia de nuevo liderazgo
Lo cierto es que los palestinos necesitan urgentemente un liderazgo capaz de conducirlos más allá del simbolismo de la revolución que Arafat afirmaba encabezar. Talvez la imagen del "Rais" fue necesaria para mitificar dicha revolución, para colocar y mantener la causa palestina a la orden del día; pero para crear un verdadero Estado independiente son necesarios otros tipos de líderes, que no piensen únicamente en las formas de continuar la lucha armada, sino que amplíen su visión política, promuevan el diálogo y la negociación para poder así establecer las bases de la construcción del nuevo Estado.
Ninguno de los cambios cruciales en la sociedad palestina que se anunciaron a la muerte de Yasser Arafat se han producido. El ritmo del proceso de paz, si así puede llamarse, es exasperante; la presión sobre Israel, apenas perceptible, y la mejoría económica en la evacuada franja de Gaza, totalmente nula. Los palestinos no aprecian mejoría alguna en su penoso día a día. Si Arafat logró situar el conflicto con el Estado judío en el epicentro de la atención internacional, también la herencia de su modo de gobernar supone ahora una enorme carga para los dirigentes de la Autoridad Nacional Palestina.
Los palestinos en Cisjordania y Gaza se encuentran sumergidos en una crisis económica y un aislamiento político aún más grave que el que vivieron durante los últimos años de vida con Arafat. La Unión Europea y Estados Unidos respondieron a la entrada en el poder del Gobierno del movimiento islámico fundamentalista Hamás con la suspensión de las ayudas económicas a la Autoridad Nacional Palestina, lo que amenaza con provocar un verdadero colapso social.
El gobierno de Hamás se ha visto aislado casi por completo, incluso por varios países árabes, y ha fracasado en encontrar una fuente de ingresos alternativa. Desde su investidura en el Gobierno, Hamás ha sido incapaz de conseguir los 100 millones de euros mensuales necesarios para pagar los salarios de sus 165.000 funcionarios, de los que depende un tercio de los palestinos de Cisjordania y Gaza. La frustración en la Franja de Gaza se ha agudizado hasta tal punto durante los últimos meses, que muchos son los que ya han expresado su temor a que se desencadene una guerra civil, algo que en los tiempos de Arafat era considerado prácticamente imposible.
Activistas armados de Al Fatah, partido que perdió el poder ante Hamás en las elecciones del pasado enero pero que aún domina las fuerzas de seguridad de la ANP, se enfrentan con los del movimiento islámico cada vez con más frecuencia y tan sólo las ofensivas militares israelíes son capaces de frenarlos.
Los que tampoco dejan las armas ni siquiera cuando el Ejército israelí bombardea Gaza son los grupos terroristas pseudo-independientes, relacionados de tal o cual manera con Hamás o la Jihad Islámica que, ante la ausencia de unas fuerzas de seguridad eficaces, aprovechan para ajustar cuentas con Israel o entre sí.
Desde la desconexión unilateral de Gaza, y al contrario de lo previsto, cientos de cohetes Kassam fueron lanzados contra la población civil del sur de Israel. Estos grupos también son los responsables del secuestro del soldado Guilad Shalit, episodio que condujo a una enérgica represalia israelí.
Es una verdadera paradoja que las últimas elecciones palestinas, que fueron el fruto de años de forcejeos para la paz, hayan sido ganadas por aquellos que más se han esforzado por sabotear cualquier entendimiento con Israel.
Con todo, la crisis económica, social y política en la que está sumergida actualmente la población palestina en Cisjordania y en particular en Gaza, supera con creces la que sufrieron con las medidas de represión impuestas por Israel a los territorios palestinos tras el estallido de la Intifada de Al Aksa, en septiembre del 2000.
La Unión Europea y Estados Unidos consideran a Hamas una entidad terrorista y condicionan la reanudación de las ayudas a que reconozca el derecho de Israel a existir, renuncie a la violencia y acate los tratados firmados por la ANP con Israel.
Conclusión
Entretanto, Al Fatah y Hamás continúan con sus interminables negociaciones para crear un gobierno de unidad palestino con el que esperan superar ese boicot económico; ahora los indicios apuntan a que Mohamed Shbair, ex rector de la Universidad de Gaza, que apoya a Hamás pero no milita en sus filas, comande en los próximos días el nuevo gabinete. Nuevamente un "sí pero no". La dirección palestina sigue tratando de encuadrar el círculo.
En lo que respecta a algun tipo de relación con Israel, es de considerar que la situación en Gaza pueda llegar a exigir la ayuda de la comunidad internacional. Al parecer, ninguna de las partes puede cambiar la miserable situación a la que se ha llegado y posiblemente la ONU estaría llamada a intervenir con una fuerza multinacional, imitando el modelo utilizado últimamente en el sur de Líbano.
Hoy, después de dos años sin Arafat, hay una sensación generalizada de que los palestinos están más aislados que nunca, inclusive de sus benefactores tradicionales. Las soluciones posibles aún están en sus manos. Sólo el tiempo dirá si su liderazgo opta por la cordura o por la autodestrucción.
Dossier: A dos años de la muerte de Yasser Arafat
Claros y oscuros del líder palestino
Por Isac Gliksberg (Desde Montevideo)
No fue un pacifista Muhammed Abdel ar-Rauf Quduwa al –Husayni -conocido popularmente como Yasser Arafat y en Palestina como Abu Ammar- pese a que en 1994 se le otorgó el Premio Nobel de la Paz conjuntamente con Shimon Peres e Itzjak Rabin. Fue, más bien, todo lo contrario. Un belicista, que no vaciló a lo largo de toda su vida en usar , indiscriminadamente, el terror militar contra la población civil del Estado de Israel y que no supo, o no quiso, encausar el proceso de establecimiento de un Estado palestino, por la vía del diálogo diplomático y la acción política.
Dice un viejo proverbio que por sus hechos conocerás a las personas, pero no es menos cierto que también puede conocérsele por sus dichos, como es el caso de Arafat, cuyo perfil deseamos presentar a los lectores.
Bien definieron a Arafat desde el título de su biografía del líder palestino, los historiadores franceses Christophe Boltanski y Jihan El Tahvi, en el año 1997, cuando titularon su libro que recorrió el mundo: “Las siete vidas de Yasser Arafat”.
Su vida tuvo claros y oscuros, aunque más momentos oscuros que claros y fue él mismo quien se encargó de que así fuera. Su imagen internacional usando siempre lentes oscuros que no permitían a quien fuera su interlocutor poder observar su mirada y a través de ella conocer en forma diáfana sus pensamientos, su permanente uso del uniforme militar, incluso cuando se presentó por primera vez ante la Asamblea General de las Naciones Unidas para pronunciar su famoso discurso y fue obligado a dejar su arma de fuego antes de ingresar al recinto colmado donde habría de presentarse ante los delegados en la ONU, como asimismo, su permanente presentación, fuera donde fuera, y ante quien fuera, provisto de un fusil ametralladora en la espalda, señalaba a las claras de que no se estaba ante un ser político, sino un belicista que usó la violencia militar como arma política.
Algunas expresiones de Arafat, pronunciadas en diferentes circunstancias y que se hicieron públicas por diversos medios, dan cuenta de cual era su pensamiento más íntimo con respecto a Israel y a su pueblo.
En una famosa entrevista periodística que le realizara la internacionalmente reconocida periodista italiana Oriana Fallaci, y habiéndole ésta planteado la posibilidad, incluso reconocida entonces por el líder egipcio Nasser y la Unión Soviética de un acuerdo de paz con Israel, Arafat no tuvo empacho en contestar que: “no lo aceptaríamos.¡Nunca! Continuaremos haciendo la guerra a Israel solos, hasta que reconquistemos Palestina “, y con referencia a sus propósitos contestó: “El fin de Israel es el objetivo de nuestra lucha, y no admite ni compromisos ni mediaciones.” Más adelante agregó: “Conocemos las intenciones de algunos dirigentes árabes: resolver el conflicto con un acuerdo pacífico. Cuando esto llegue, nos opondremos.”
“Ustedes no desean en absoluto la paz que todos auspician” le reprochó la famosa periodista y Arafat contestó enfáticamente: “¡No! ¡No queremos la paz! Queremos la guerra, la victoria. La paz, para nosotros, significa la destrucción de Israel y no otra cosa”. “Lucharemos hasta la victoria. Durante decenas de años, si es necesario. Durante generaciones.”
Origen misterioso
Cada vez que, a instancias de la dirigencia israelí y la intermediación o no de alguna potencia mundial, se aproximaba la posibilidad de un acuerdo de paz entre palestinos e israelíes, era el propio Arafat quien se encargaba de quebrar tal posibilidad retornando, una y otra vez, a la acción terrorista contra civiles inocentes.
Se encargó él mismo de que su vida privada fuera todo un misterio, incluyendo el lugar y circunstancias de su nacimiento. Todo en procura de lograr una imagen de su persona favorable a sus intereses. ¿Nació en Jerusalem, nació en Egipto o nació, como también solía afirmar, en la Franja de Gaza? Todas las evidencias indican que nació en Egipto, en la ciudad de El Cairo. Lugar este último donde realizó sus estudios universitarios y donde inició su acción militante participando en el incipiente movimiento palestino y, desde 1969 se convirtió en el líder y responsable principal de la OLP y su brazo armado Al Fatah.
Logros
En 1987 su movimiento creó un clima de rebelión permanente contra las autoridades israelíes lo que se dio en denominar internacionalmente como la “Intifada”.
A lo largo de su vida, que transcurrió al servicio de la causa palestina, como él mismo gustaba definir, ¿cuáles fueron sus logros señalables? Pocos, muy pocos.
En efecto, puede adjudicársele, primero, el mérito de haber ayudado a ganar la atención internacional para la causa palestina, segundo, haber generado en algunos sectores simpatía hacia su causa y, tercero, haber colocado el tema palestino, durante prácticamente toda la segunda mitad del siglo pasado, en la agenda mundial.
Por otra parte, logró el 13 de noviembre de 1974 el reconocimiento por parte de las Naciones Unidas de la OLP como legítimo representante del pueblo palestino y, dos años más tarde, en 1976, la admisión como miembro de la Liga Árabe.
En contraposición, sus constantes negativas a aceptar cualquiera de las propuestas israelíes para un acuerdo pacífico del conflicto palestino-israelí, incluyendo la muy generosa propuesta de Ehud Barak en el año 2000 y cuya no aceptación por parte del líder palestino, su negativa a presentar una contrapropuesta, como reiteradamente se lo reclamó el entonces Presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, y su retirada de la reunión binacional con el auspicio de este mismo país, dando inicio de inmediato a sucesivos actos terroristas en ciudades y caminos del interior de Israel, como asimismo, su negativa a abandonar su condición de terrorista para pasar a actuar como un jefe de Estado, tal cual se lo reclamó Israel, no sólo no le permitió alcanzar la independencia total de Palestina, sino que además le ocasionó décadas de sufrimiento a su pueblo palestino, como asimismo al pueblo del Líbano, que se habrían evitado dependiendo de decisiones más proclives a un entendimiento con el Estado Judío y lograr la paz para ambas naciones, la judía y la palestino como asimismo, el pueblo libanés, víctima también de sus estrategias militares.
Oportunidades desperdiciadas
Si bien Arafat fue el símbolo del nacionalismo palestino y su líder durante décadas, con sólo aceptar tres de las demandas israelíes, a) Reconocimiento del Estado de Israel, b) Renuncia al Terrorismo y c) Eliminar el propósito de destruir el Estado Judío, habría evitado para el pueblo palestino tantos sufrimientos y, seguramente, su figura hubiera ingresado en la historia de la segunda mitad del siglo XX , como el líder que logró la creación de un pacífico Estado independiente palestino, conviviendo como vecino, con el Estado de Israel.
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