El espionaje ya no es lo que era. O al menos, no es lo que nos mostraban esos grandes novelistas de segunda mitad del siglo XX. La Guerra Fría acabó, y con ella los documentos fotografiados en cámaras minúsculas, los agentes dobles, los mensajes ocultos en la prensa diaria...Internet y la caída del Muro de Berlín enterraron toda esa parafernalia de la cual, los ajenos a ese conflicto de pasillos, callejones, juegos diplomáticos y guerras indirectas en tierras lejanas, disfrutamos de las fabulaciones que del mismo hicieron novelistas y directores de cine. La constatación de este fin, la tenemos con la famosa filtración que nos ocupa esta vez: los miles de documentos militares estadounidenses que han quedado al alcance de cualquier ciudadano del mundo con posibilidad de conectarse a Internet: Wikileaks, el sitio web que se hizo con los 92.201 documentos -y que permite a cualquier persona publicar anónimamente documentos reservados- filtrados presuntamente por el soldado Bradley Maning, detenido actualmente en Kuwait, el cual ya filtró a Reuters un video donde se apreciaba a un helicóptero estadounidense disparando contra civiles, los puso a disposición de los rotativos estadounidense New York Times y británico The Guardian y de la revista alemana Der Spiegel para que verificaran la información mientras, casi simultáneamente, los colgó en su portal.
El asunto encierra demasiados debates existenciales para las democracias occidentales. En especial, para todas aquellas naciones que, en mayor o menor medida, están implicadas en el conflicto de Afganistán, o prestan apoyo a EE UU en la Guerra contra el Terrorismo -la Administración Obama especificó antes de este verano que, esta Guerra es contra Al Qaeda. Estos debates son ya clásicos cuando las naciones occidentales se enfrentan a desafíos similares: Libertad de Expresión vs. Seguridad Nacional, Control ciudadano a las actuaciones del Poder, Cuestionamiento mediático y público de la Guerra...Si atendemos al artículo que publicó ayer (26/07) el diario español ABC del prestigioso analista internacional Florentino Portero, sobre el asunto, el problema de fondo, es una cuestión de principios. Principios de ambos bandos -EE UU y sus aliados occidentales y Al Qaeda- en una guerra asimétrica con estrategias más psicológicas que militares. Según el autor, los islamistas saben que no ganarán midiendo fuerzas en el campo de batalla, pero si podrán alzarse con la victoria si consiguen hacer sacudir las conciencias de los ciudadanos norteamericanos sobre la Guerra. De esta manera, conforme apunta Portero, Wikileaks ha servido, irresponsablemente, de trampolín para dicho objetivo.
En contra de la opinión de Portero, que suele apoyar las políticas atlantistas en materia de seguridad, leemos en El Mundo, a David Torres acerca de la famosa filtración. El columnista nos muestra al fundador de Wikileaks, Julian Paul Assenge, como el héroe del periodismo moderno y, en última instancia, como el salvador del futuro de la profesión. Torres, en su citada columna, titulada Esto es la guerra, denuncia las manipulaciones constantes que perpetra el Pentágono respecto a la información que llega de Afganistán e Irak -como la ocultación de las imágenes de los incontables ataúdes de soldados americanos- y asegura que, Assange, ha reinventado el periodismo con unos cuantos correos electrónicos.
Pero, ciertamente, una de los pilares fundamentales de la Democracia -y sobre todo de la estadounidense- es el control del Gobierno. Para ello se hace esencial una prensa libre. Pero ¿y si afecta a la Seguridad Nacional? ¿Dónde se debería poner el muro a la libertad de expresión en tiempos de guerra? El Debate está servido. Los límites, sin marcar. Y lo que se juega, al fin y al cabo, es la supervivencia de los peores sistemas políticos inventados, si exceptuamos todos los demás -Churchill dixit-
Antecedentes de informaciones filtradas
Es cierto que no es la primera vez que ocurre algo así en EE UU. El Cuarto Poder, los medios de comunicación, echaron a un presidente de la Casa Blanca: el archiconocido Watergate. Pero también, están los famosos Papeles del Pentágono. En 1971, Daniel Ellsberg, un ex empleado del Departamento de Estado obtuvo una copia del estudio que años atrás encargó Robert Mcnamara -antiguo Ministro de Defensa- sobre las relaciones entre EEUU y Vietnam desde 1945, y quiso filtrarla al Senado. Dicha cámara le ninguneó, y Ellsberg se dirigió a un reportero de The New York Times llamado Neil Sheehan. Sheehan se empapó de los futuros Papeles del Pentágono. El periodista del New York Times, que acusó al Gobierno de lo mismo que hoy acusan Assange y Wikileaks a la Administración actual: manipulación y mentira sobre la Guerra. El entonces presidente R. Nixon calificó los Papeles como alto secreto, y paró la información. La batalla que Sheehan libró le llevó hasta el Tribunal Supremo, que falló en su favor, argumentando que primaba la Primera Enmienda: La Libertad de Expresión. Y, la Guerra de Vietnam, todos sabemos, como terminó: retirada de las tropas estadounidenses debido, sobre todo, al profundo rechazo de la ciudadanía al conflicto y a la superioridad vietnamita en el combate. Que a Al Qaeda le beneficia demasiado una opinión pública en contra de la guerra, ni los más necios pueden dudarlo. Que el Poder necesita ser controlado y la Libertad de Expresión debe ser cuasisagrada en una Democracia, tampoco es cuestionable. Assange ha sido calificado, como hemos visto, de héroe y de villano, de traidor y de salvador de la Democracia. Y la forma de calificarlo dependerá de los sentimientos y las pasiones que nos dominen. Pero, la pregunta -a mi entender- que lanza el affaire Wikileaks es: ¿se puede combatir al terrorismo sin dejar de ser una democracia plena?